La U necesitaba consuelo. Y lo halló en La Florida. Tres días después de caer con estrépito en el Superclásico, el cuadro azul volvía a saltar a la cancha para dirimir su duelo de ida de los octavos de final de la Copa Chile.

Con algunas novedades obligadas con respecto a la oncena que había naufragado en el Monumental, el equipo de Hoyos pisó el césped del Bicentenario de La Florida con la única misión de lamerse las heridas. Y lo logró. Aunque Audax, dicho sea de paso, puso mucho de su parte. Especialmente el zaguero Manuel Fernández, que se marchó expulsado a la media hora de juego por doble amonestación, asfaltando el camino a su rival. Su segunda amarilla (había visto la primera tras un enfrentamiento con Pinilla minutos antes), fue tan infantil como rigurosa. Llegó tarde a un cruce ante Matías Rodríguez, y aunque no llegó a desequilibrar en exceso a su adversario, terminó emprendiendo el camino hacia los camarines antes de tiempo. Fue por medio de esa pelota detenida que la U logró la apertura de la cuenta. Gran envío de Monzón desde el costado y cabezazo inapelable, libre de marca, de Isaac Díaz.

Antes del gol, la U había ofrecido más bien poco sobre la cancha. Acaso un punto más de arrojo que su rival. Una horrible salida del joven arquero Collao a la salida de un tiro libre bien botado por Carrasco (el mejor, por no decir el único, en las filas del cuadro itálico) pudo complicar la noche a los azules a los 15 minutos de juego. Pero Audax no acertó y el equipo de Hoyos terminó dejando el partido visto para sentencia antes del descanso. Porque Pinilla, y esa sí que fue la mejor noticia para la U en La Florida, no sólo volvió a marcar como ya lo hiciera ante Colo Colo, sino que lo hizo por partida doble. Y con una facilidad pasmosa. Festejó el 0-2 con rabia el ariete, con un grito de deshagogo y reinvidicación, y corrió después a la banda a abrazar a Hoyos (como ya lo hiciera Díaz luego del 0-1), probablemente porque el estratega (que no había visto errores futbolísticos de los suyos en el Monumental y había apelado a lo humano y lo espiritual tras la goleada) también necesitaba cariño. El 0-3, al filo del entretiempo y tras recibir el cuero en una posición más que dudosa, llevó también la firma de Pinigol.

La segunda mitad tuvo poca historia. La U levantó el pie del acelerador porque a esas alturas ya había recobrado la autoestima y Audax trató sin éxito de maquillar el resultado. Un gol anulado a Pizarro tras una gran acción individual de Rodríguez (el mejor en su equipo junto con Monzón), fue lo único reseñable de un trivial segundo tiempo. No hacía falta más. La U necesitaba recuperar la paz, pero sobre todo enviar un mensaje contundente desde lo futbolístico. Y en La Florida consiguió ambas cosas.